lunes, 11 de febrero de 2013

Cátulo Castillo, letrista culto


Prólogo a Celedonio Flores
[Prólogo de Cátulo González Castillo al libro Chapaleando Barro de Celedonio Flores]
En la intersección de dos épocas, cuando la ciudad asistía a su promoción intelectual de la primera década del siglo, comenzaron a delinearse las corrientes estéticas distintas, que habían de concurrir a la formación de una poética argentina de caracteres bien personales.
Podríamos estar en el año 1910.
Ya el sarampión Dariano, había prendido en los cenáculos célebres de entonces. Baudelaire y Verlaine (pobre Papá Lelián), encendían la lumbre de una sensibilidad ciudadana, a veces canallesca, que otorgaba calor alfabeto y digno a una musa callejera, de pintoresca y brava personalidad. Ya, Evaristo Carriego había transitado con gallardía y oficio, por el género de las décimas lunfardas, que "Fray Mocho" o "Caras y Caretas" recogieron con todo cariño y sentido de la verdad popular.
El pálido muchacho de Palermo, pagaba su "pecata minuta" parnasiana, para hallar en las "Misas Herejes" el alma de la calle y la historia romántica y doméstica de la costurerita que dio aquel "mal paso".
Pero entretanto, los vates periféricos de los boliches esquineros y estañosos, defendían a gritos, sobre el lomo de sus guitarras, a una musa ecléctica y grandilocuente.
Payadores romancescos, de negros corbatines y sombreros aludos, discutían en verso los problemas de Marx y de Kant, en esa filosofícula gritona, pero ingenua y mansa, como los contrapuntos camperos sobre temas abstractos, que les otorgaba el acento gauchesco más encantador y más nuestro.
José Hernández ya era una realidad argentina, con toda la incidencia en la épica americana. Su milagroso personaje de Martín Fierro, habría de configurar por propia gravitación y médula, lo homérico y lo quijotesco del hombre de la Pampa empezada a alambrar.
Y también el fenómeno ciudadano del tango, extendiendo sus voces desde la periferia, para buscar las liras diferentes que habrían de cantarlo por la boca de un predestinado, casi cósmico, que se llamó Carlos Gardel.
En este meridiano un tanto indefinido, de transición, surgieron los poetas de la ciudad de adentro, con el lenguaje recio de la "ciudad de afuera"
Y para hallar un nombre que asuma la representación cabal de ese momento, que es trascendental, nada mejor que el de este verdadero prócer de la musa porteña que se llamó Celedonio Flores.
Pareciera el suyo, un nombre de composición lunfarda. Tal es la eufonía porteña que lo asiste.
Arraiga en lo más viril de las costumbres criollas, al lado de otros que podrían ser estos: Presentación, Eulogio, Eufemio, Anselmo.
Y Flores, su apellido, es el de un trovador de la España de Alfonso "El Sabio", en tiempo de cantigas y romances.
Celedonio Flores, apareció de pronto, con esa cosa recia, pintoresca y cabal, que es su lenguaje poético.
Viejo transitador de esquinas, el duende de la noche, le amorenó la cara y le aclaró los ojos.
Junto a cualquier "giniebra" era el hombre que quería el estaño y que amaba los tangos de aquellos organitos que animaron su infancia. Infancia trashumante y corredora, la quiero imaginar, como imagino así, su mocedad, de "rompe y raja" tal como corresponde al "tipo" que sus versos delatarían más tarde con una precisión de aguafuerte y cincel.
La poesía de Celedonio Flores, anda en el tráfico vivo de todos los tangos que forman la antología verdaderamente porteña.
Tienen, como el mastuerzo, un sabor de extramuros, y el claro oscuro de todas las ochavas que vieron los faroles de antaño: los del tango.

La República de Boedo, nota de Juan José de Soiza Reilly en la revista Caras y Caretas Nº 1671 del 11 de octubre de 1931. Clic para descargar.
Y su lenguaje es "suyo" como es suya su "rima" y son suyos sus dramas, no importa si hampones, pero que tiene –en todo caso- la vibración más neta, que es exigible al tango ya una estética particularísima, que no puede ser suplantada por el purismo, ni por la elaboración académica.
La academia de Celedonio Flores, fue, en todo caso, la propia calle. Pero la calle de él, con sus ligustros y sus cercos de pitas. La calle de la tarjeta postal, que tenía las huellas de las chatas y conservaba el grito de un "cuartiador" lejano, en camiseta, de látigo en la zurda y pantalón cambrona.
Sus luces, son las luces verdosas de las timbas llenas de cigarrillos, en el monte con puerta, a salto y carta y detrás de aquel punto que se jugó la parada en la última hora de su vida. Personajes y clima que son de Flores.
De "Cele" inolvidable amigo, en todo lo que tuvo de amigo y de poeta.
Poeta sin retórica. Amigo sin eufemismos.
Su lenguaje regresa casi siempre, inolvidable y simple, con un alejandrino, en una octava, detrás de una asonancia.
"Desde lejos se te manya pelandruna abacanada,
"que naciste en la pobreza de un cuartucho de
"arrabal. Hay un algo que te vende:
"yo no sé si es la mirada, la manera de sentarte
"de mirar, de estar parada,
"o es tu cuerpo acostumbrado
"a las pilchas de percal".
No sabremos, jamás, cuál es el misterio que preside a los versos que perduran y viven en la emoción de la gente. No sabemos, hasta qué punto –todavía- un poeta como Celedonio Flores, incidirá sobre la definitiva poética popular porteña.
Lo cierto es que él está, con los méritos supremos que surgen como una esencia familiar, de la lectura de sus cosas.
De todas sus cosas, sin excepción alguna, donde abrevan los tangos, y donde vive el duende de un pasado que vamos perdiendo poco a poco, con el mutis fatal de la vida, en este escenario de la vida y de la muerte.
Celedonio Flores, no necesita prólogo ninguno.
Sus tangos que lo cantan, que lo recuerdan, que lo exaltan a cada instante, prologan ese libro caliente de su vida y de su aparición en la canción popular argentina.
(Del Libro Chapaleando barro, Celedonio Flores, El Maguntino, Buenos Aires, 1951)

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