domingo, 1 de abril de 2012

San Pugliese




LUNES 21 DE NOVIEMBRE DE 2011


San Pugliese

Compartimos en el ciclo de textos de los lunes, "San Pugliese", un texto de la periodista Ivana Romero, que integra el elenco de Entrevistas breves con escritores repulsivos. El artículo se publicó originalmente en el número 1 de la revista 32 pies.



Por Ivana Romero*

Muy católica, salía de su habitación sólo para jugar a la quiniela. A veces, además, le daba clases de piano a la sobrina. Sin embargo, el pianista de la familia era su cuñado. El se pasaba las mañanas pensando en arreglos para tangos, ejercitando los dedos con música clásica y a veces se divertía con una sonata que la hija llamaba “qué hacé’, cómo te va, muy bien y vo’qué hacé” que, en verdad, era el Opus 14 Nº2 de Chopin. Al ver a la mujer de rodillas, todos los días, dale que dale con el rezo, le decía desde el otro lado de la puerta: “Pedile al Barbudo que me dé laburo y a vos te haga ganar la quiniela”. Ella se llamaba Adela Florio. El, Osvaldo Pugliese.

Esta escena era común a fines de los cuarenta en la casa de Alvarez Thomas 1477, que la familia Pugliese alquiló varios años en Villa Ortúzar. Osvaldo vivía ahí con su primera mujer, María Concepción Florio, “Choli”, y su hija, Lucía Delma, “Beba”, que por entonces tenía diez años. Adela pasó un tiempo con ellos. “No digas esas cosas, que Diosito te va a castigar”, respondía, cuando Osvaldo se tomaba en chiste su devoción. Osvaldo no creía en Dios. O al menos –según quienes lo conocieron– con Dios, Osvaldo ni fu ni fa. Lejos estaba de pensar que alguna vez su nombre estaría asociado a un mito llamado “San Pugliese”.

Por Internet circula el relato de una prueba de sonido que venía en picada, antes de un recital de Charly García, hasta que alguien puso un disco de Pugliese y los equipos empezaron a sonar como los dioses. Rodolfo García –baterista de Almendra primero y de Aquelarre, después; uno de los iniciadores del rock local– no sabe si eso es cierto o no. Pero sí le consta que desde fines de los setenta, en algún rincón de los escenarios aparecían fotitos del músico. O su nombre, escrito como un grafiti un poco clandestino. Con el tiempo, la palabra “Pugliese” se convirtió en una especie de rezo de extensión mínima para alejar la mufa. Actualmente, San Pugliese tiene estampita, oración, página web propia (www.sanpugliese.com.ar) y 48 mil devotos en Facebook que le dejan pedidos crípticos como “tirame un centro, hermano”, “mandame la llama violeta” e inclusive “ayudame con la tarea de matemáticas”.

“A mi abuelo todo esto le hubiese causado mucha gracia”, opina Carla Pugliese. Es pianista como su abuelo, como su madre Beba, que fue además su profesora junto con Vicente Scaramuzza. En su estudio hay un piano Steinway & Sons, que perteneció a Pugliese. Carla evoca la anécdota de la tía Adela contada por su madre aunque ella, nacida en 1977, no la conoció. También recuerda al abuelo en pijamas detenido en el vano de la puerta mientras la nieta tocaba y él sólo asentía, con orgullo silencioso, y se iba a dormir la siesta.

“Como músico, era extraordinario. Como hombre, tenía un perfil bajo y era respetado. Como militante, era intachable. Y sí, condiciones para convertirse en referente no le faltaban”, dice Oscar del Priore, un estudioso del tango y biógrafo del maestro (“no, no le gustaba que le dijeran así, lo consideraba excesivo”, aclara) que además fue presentador de su orquesta en salones como El Nuevo Almacén.

Nacido en las calles de tierra de Villa Crespo en 1905, Pugliese hizo de su orquesta una cooperativa creativa y económica, donde todos los músicos opinaban sobre repertorios y arreglos, y el dinero se repartía en partes iguales. Su afiliación al Partido Comunista en 1936 garantizaba que la policía le siguiera los pasos y, cada tanto, lo llevase detenido “por rojo”. En los cuarenta, además, el boom del tango no estaba acompañado por buenas condiciones de trabajo para los músicos. Un violinista recién llegado de Europa, que observaba la crisis y los bajos presupuestos, le dijo a Pugliese: “Acá hay que hacer lo mismo que se hizo en Francia: los músicos se declararon en huelga, se metían en los salones y rompían todo”. A Osvaldo la propuesta le pareció “medio anarca” pero necesaria, según le contó a Arturo Marcos Lozza en una entrevista de 1985. Así comenzó a reunir gente en un salón del diario Crítica e impulsó la formación de un sindicato propio: la Sociedad de Músicos y Artistas Afines.

Amante del boxeo, de Racing, campeón sin medalla en los partidos de truco. Tenía sus contradicciones, como cualquier otro. Aun casado había conocido a una adolescente, Lidia, que lo inquietaba y con la que muchos años después, tras la muerte de Choli en 1971, se casaría. Padeció la cárcel bajo todos los gobiernos, incluso los peronistas, pero su hija lo encontró al lado de la radio, llorando al conocer la noticia del fallecimiento de Juan Perón. Del Priore enumera estos detalles y se pregunta: “¿No es un exceso todo este asunto de invocarlo para que te dé buena suerte?”. El, dice, no cree en todo el asunto de San Pugliese.

Patricio Villarejo no había cumplido los 20 cuando don Osvaldo lo seleccionó para tocar el violonchelo en su orquesta, en 1987, y allí se quedó hasta que su maestro murió, en 1995. “Una vez, en los ochenta, apareció una estampita durante los ensayos. El la miró y se mató de risa. Decía que los mitos populares siempre iban a existir, que había que tomarlo con humor. Eso mismo le dije alguna vez a unos tipos del Partido Comunista que no estaban muy de acuerdo con San Pugliese”, dice. Músicos de todos los géneros tienen su forma devocional particular.

Adrián Abonizio armó su propia estampita con una imagen que recortó de la revista Viva de Clarín. Juan Carlos Baglietto recuerda una foto de Pugliese tomada por Antonio Mazza que vio multiplicada en racks, esos armazones metálicos que sostienen equipos de sonido. Kevin Johansen dice que su batero, Enrique “Zurdo” Roizner, que tocó con Piazzolla, es su San Pugliese y su “hada padrino”.

El productor radial Luis Tarantino, que abrió el grupo San Pugliese en Facebook junto a la bailarina Milena Plebs, dice que es mejor si te regalan la estampita, aunque Milena colgó en su blog una versión dibujada por Jorge Muscia que se puede bajar. Durante el III Festival de Tango, en 2001, un grupo donde estaban él y el entonces director del festival, Carlos Villalba, reimprimió estampitas con la foto del maestro, que aún se consiguen. En el reverso llevan la oración escrita por un gran poeta cuyo nombre se pierde en las sombras: “Ampáranos de la mufa de los que insisten con la patita de pollo nacional. Ayúdanos a entrar en armonía e ilumínanos para que no sea la desgracia la única acción cooperativa. Llévanos con tu misterio hacia una pasión que nos parta los huesos y no nos deje en silencio mirando un bandoneón sobre una silla”.

Rubén Dri, filósofo y teólogo, explica que “los mitos se construyen colectivamente porque, en cierto aspecto, proyectan los valores que una sociedad o un grupo desean para sí mismos”. En el caso de San Pugliese, no hay una liturgia determinada. Es apenas un sentido de pertenencia a una escala de valores vinculada a la solidaridad, la picardía popular, el buen arte. Rodolfo Mederos, bandoneonista en la orquesta de Pugliese entre 1969 y 1974, dice: “En casos como éste, el espíritu iconoclasta que me caracteriza no desestima el hecho de que lo del San Pugliese me produzca ternura. Que una comunidad lleve a un artista a esa categoría me parece interesante teniendo en cuenta que la gente, normalmente, anda atrás de santos fatuos o rinde culto a cualquier cosa que aparece en televisión”.

De boca en boca, San Pugliese ha cruzado fronteras. El cantaor flamenco Diego el Cigala recibió como obsequio una estampita minutos antes de comenzar la grabación en vivo de su disco Cigala y Tango, en 2010 en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires. “Yo creo mucho en Nazareno Bendito y pensaba que con esto me estaban tomando el pelo, pero la grabación salió redonda. Así que llevo el San Pugliese en mi pasaporte. Y la verdad, nunca me ha fallado”. La cantante peruana Eva Ayllón cuenta que antes de su actuación en Rosario, hace pocos meses, sentía un dolor muscular fuerte. Uno de los sonidistas le regaló la estampita y la molestia desapareció: “Yo tengo muchos santos que me cuidan, como el Señor de los Milagros y la Cruz de Chalpón. Y ahora también llevo mi San Pugliese”.

El mito atraviesa a artistas de todas las edades. El armoniquista Franco Luciani, nacido en Rosario en 1981, dice: “Uno lleva la estampita porque es parte de un código compartido, el de los que hacemos música como un trabajo. No sólo los músicos, sino todos los que de un modo tienen que ver con esto, desde los sonidistas a los que fabrican instrumentos”. El violista Charly Pacini, de la orquesta Fernández Fierro –que funciona como una cooperativa, inspirada en la de Pugliese–, aclara: “Lo de San Pugliese suena demasiado for export. Nosotros rescatamos, por ejemplo, su espíritu de compromiso político. También, el legado musical. La orquesta de Pugliese suena con la fuerza comparable a una banda de rock”.

Y es que Pugliese sigue partiendo los huesos de quien lo escucha. Ahí radica su primer milagro, el más perdurable.

*Ivana Romero nació en Firmat, al sur de Santa Fe. Vivió varios años en Rosario. Es periodista. Es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario y Master en Periodismo por la Universidad de San Andrés de Buenos Aires. Trabaja en la sección cultural del diario Tiempo Argentino. Escribe relatos y tiene un libro de poemas inédito. Coordina el blog www.elcorazondelascosas.blogspot.com

1 comentario:

  1. ¿Qué querés que te diga? Canonizar a un estalinista me parece freak.
    Para los más tradicionalistas lo diré de otro modo: me parece una mueca siniestra de la suerte.

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