domingo, 25 de marzo de 2012

En España y sus amplios alrededores


VINO TINTO CON SIFÓN   
Escrito por José del Moral de la Vega.  
Dice Luis Racionero que entre las variables más visibles de la cultura mediterránea están las plantaciones de vid y olivar, las construcciones con teja moruna curvada y la presencia, en la acera de las calles, de mesas y sillas donde se hacen libaciones y se conversa animadamente sobre cualquier tema. Esas libaciones, hasta hace poco tiempo, eran de vino si la religión de los contertulios era judía o cristiana, o de té si era musulmana.

El vino y la palabra compartidos, teniendo las estrellas como techo, han sido elementos culturales de la civilización que produjo el arte griego y el derecho romano, es decir, Europa, eso que muchos cursis creen que está de los Pirineos para arriba. Pero las culturas tienen las cualidades de los seres vivos: nacen, crecen, se reproducen y mueren; y actualmente, sin que sepamos muy bien por qué, la cultura del vino y la palabra ha sido substituida por la cultura del alcohol (ginebra, ron, güisqui...) y el ruido, con lo cual el sentimiento compartido y el pensamiento han sido cambiados por la soledad y la alucinación.

Nuestros antepasados sabían que el vino era bueno para el cuerpo y el alma. Hoy conocemos, gracias a los espectrofotómetros de absorción atómica y otros artilugios, que en el vino hay más de 250 substancias: es el alimento humano con más hierro, contiene gran cantidad de sales de potasio y magnesio así como vitaminas, el ácido málico presente en el vino es un buen protector del hígado, los antioxidantes que contiene previenen contra el cáncer... Pero nuestros antepasados también sabían que la bondad del vino estaba ligada a la moderación de su ingesta, y así Horacio nos cuenta que en los banquetes romanos había un arbiter bibendi encargado de establecer la proporción de agua que debía tener el vino y las veces que cada uno debía beber.

A finales del siglo XVIII se instaló en Europa la primera fábrica de algo que durante doscientos años tendría una demanda extraordinaria. Consistía este producto en una botella con agua y ácido carbónico, a dos atmósferas de presión, de la cual salía un agua con burbujas a la que popularmente se le llamó sifón.

En el interés por mantener la discreción en el beber y alargar así sus beneficios, el español de hace doscientos años descubrió una fórmula mágica para beber vino. Consistía ésta en añadir al vino tinto aquella agua burbujeante, comprobando que el resultado de la mezcla no sólo era agradable al paladar sino que, además, permitía mantener por más tiempo la tertulia, al poder ingerir, así, el doble o el triple de caldo con la misma cantidad de vino.

El vino tinto con sifón llegó a ser un símbolo de nuestra cultura gastronómica al igual que lo es la paella, el gazpacho o la tortilla española; pero las culturas son cambiantes y los símbolos que las constituyen también. El vino tinto con sifón es, precisamente, uno de esos símbolos que ya sólo está en el recuerdo.

En el 98, España perdía sus últimas colonias justo cuando nacía el imperio yanqui. Lo habitual de los imperios, hasta entonces, era la imposición de su bandera como símbolo del poder ejercido; pero los yanquis, que son más bien pragmáticos, decidieron que en el imperio del bienestar y la competitividad era mejor tener un símbolo que se vendiera, y se inventaron la Coca-Cola. Consecuencia de lo anterior es que los ciudadanos del mundo no tenemos la bandera de EE UU en nuestra casa, pero sí es probable que todos tengamos una Coca-Cola en la nevera.

Los habitantes del planeta hemos integrado a esta gaseosa en nuestro subconsciente colectivo de tal forma que, en la actualidad, la palabra Coca-Cola quizá se asocie mejor que ninguna otra, de cualquier idioma, a los conceptos de juventud y universalidad.

Es muy probable que si en España se cambiase la costumbre de beber Coca-Cola con ginebra, por la de beber vino tinto con sifón, los sociólogos dirían que ese cambio de símbolos era manifestación más que suficiente de la decadencia del imperio yanqui; pero de lo que no podemos tener duda es de que, si ese cambio se produjese, se incrementaría la renta de nuestros viticultores, aparecerían fábricas locales de sifón y, sobre todo, mejoraría la salud de los españoles.

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