sábado, 3 de marzo de 2012

El tango y la Ética, por José Gobello


José Gobello: Conversando tangos. Buenos Aires: A. Peña Lillo Editor, 1976.
Aventuré alguna vez que el viejo tango al modo de Villoldo, juguetón y escapista, podría estar más de acuerdo con la juventud de hoy que el tango postcontursiano, melancólico y, a veces, definidamente lacrimoso. Entonces alguien me replicó que la juventud de hoy ha dado las espaldas al tango porque el tango no le ofrece respuesta alguna. "Aquel viejo tango de compadritos y canfinfleros -ha añadido el replicante- tampoco puede ofrecérsela".
Supongo que ha de ser así, no más. Pero, para dar respuestas, hay que escuchar preguntas. Y las preguntas que se escuchan ahora no son de orden metafísico, ni ético; son de orden social: Hay un tango de Discépolo, estrenado por Tania en la película El pobre Pérez, hace ya bastantes años, en 1937, que dice: "La vida es tumba de ensueños / con cruces que abiertas preguntan pa qué". Ese pa qué es una pregunta metafísica, teleológica: ¿Para qué vivir? ¿Para qué sufrir? ¿Para qué amar? ¿Para qué, si la vida siempre se burla y hace pedazos mi canto y mi fe? El tango parece partir de la persuasión de que la naturaleza humana es perversa; de que el hombre tiene mala levadura, para decirlo con el verso de Darío que hoy puede parecer cursi. Y, frente a la perversión de la naturaleza humana, levanta valores éticos, es decir, morales, aunque no siempre correspondan a la moral vigente. Si uno lo piensa bien, se da cuenta de que la cosa empieza con Contursi, que es como empezar con el tango mismo. El primer tango popularizado por Contursi, Mi noche triste, muestra con claridad la oposición a que me refiero: frente a la deslealtad de la mujer, la lealtad del amante. No me importa si Contursi quiso expresar exactamente eso u otra cosa: lo cierto es que expresó eso. No siempre los poetas expresan lo que se proponen. La constante del tango es esa oposición de valores éticos, que se mantiene en cualquier contexto social o político: bajo el gobierno de la oligarquía, bajo el de los radicales, bajo el peronismo; antes de la crisis y después de la crisis; antes de la guerra y después de la guerra.
Quiero decir con esto que el tango -el tango tradicional, por lo menos- sólo puede ofrecer respuestas en el territorio de lo ético; en ese territorio que es un arrabal de la metafísica. A lo mejor -y es una conjetura que arriesgo- la decadencia de la popularidad del tango es una consecuencia de la decadencia de los valores éticos. En una época de divorcio y matrimonio grupal, la fidelidad no tiene sentido alguno. En una época en que se mata por sorpresa, el coraje físico resulta una antigualla. En una época de fractura generacional, la viejita, la pobre viejita del tango, es sólo un fantasma. En una época en que las afinidades electivas -por decirlo con Goethe- no se dan en el orden de la conducta, sino en el de las ideologías, la amistad es un prejuicio castrador. Y el tango, que expresa esos valores -la fidelidad, el coraje, el amor filial, la amistad-, que los exalta, necesariamente tiene que correr la suerte de las cosas obsoletas, la suerte de los viejos, que en casa molestan y los mandan a los asilos.
Algunos creen que el tango debería abandonar esa categoría de valores para adscribirse a los que están de moda, a los valores sociales, o ideológicos, como hacen algunas canciones modernas, muy populares y rentables. Yo creo que no. Yo creo que después de haber predicado la lealtad el tango tiene la obligación de ser leal a sí mismo. Alguna vez recogerá el premio de su consecuencia. Porque el hombre, tarde o temprano, volverá a los valores éticos. Algún día comprenderá que no es el sistema el que nos empeora o nos mejora; que somos nosotros los que mejoramos o empeoramos el sistema. Y entonces el porteño se confesará otra vez con los viejos tangos.

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