lunes, 19 de marzo de 2012

El musicante que no quiso ser todo terreno

[Tomado de un blog]


lunes 11 de abril de 2011

Con la música a otra parte

Soy músico. Algunos me conocen e inevitablemente lo saben. Quienes no saben quien soy, sépanlo, soy músico. Peor aun, soy guitarrista y cantante, lo que es algo así como cómo no saber nadar en el Titanic. Mucha gente, poco bote, mucha agua. “Oh, Jack!!”
Hay una arista inevitable de la vida del guitarrista: las reuniones sociales y la exigencia de que toque. Un gustoso de la música, fino, obsesionado por la “buena” interpretación suele rehuir de esas instancias.
- “Sí, toco la guitarra pero tengo medio jodido el pulgar, me lo apreté con la puerta del ascensor, no sabes lo que duele.”
- “¿Eehh, a mi me hablas? Tengo el oído tapado, no escucho un pomo. ¿Eehh? ¿Que toque? Nooo, no soy Beethoven como para tocar así”.
- “No puedo tocar en celebraciones paganas, mi religión no me lo permite.”
Bueno, no voy a seguir quemando mis excusas. Simplemente no me gusta tocar en reuniones informales, pura experiencia previa: lo que yo toco, muy probablemente, no le va a gustar a quienes estén participando de la reunión. Sencillo, no la pasemos mal ambas partes, porque no hay daga peor para un músico que tocar y sentir que no es escuchado. Pese a que lo he intentado no pude, no me sale, no logré aprenderme “una que sepamos todos” y ahora ni siquiera lo intento ni lo quiero hacer. No soy un músico de fogón. Punto.
El músico de fogón se caracteriza por llevar almacenado en su subconsciente un arsenal de temas y canciones populachas, con escasa producción musical en su instrumento, pero con la estructura de acordes básica ensayada y la letra completa de “pe a pa” con una afinación relativamente aceptable de su correspondiente melodía que produce que hasta al más sordo reconozca ese ensamble como algo “conocido”. Los músicos de fogón son tan mediocres como necesarios, ruego hubiera uno en cada reunión de la que participo que eclipse completamente mi figura.
Ayer mismo, por ejemplo, se tocó fondo en este asunto. Asado entre amigos y algunos otros desconocidos para mí. Una verborrajica regordeta me encaja de sopetón una guitarra cachusa carente de una cuerda, gesto que acompaña con un simpático: “tócate algo, mini Arjona”. Y fue tan real, tan palpable la imagen que hasta llegué a creer por un momento que estaba verídicamente viviendo esa escena; veía clarito la guitarra fragmentarse en miles de astillas al impactar de lleno en la cabeza de la susodicha dama, en una cámara lenta eterna que permitía apreciar la precisión del golpe y gozar así la extinción de ambos focos de conflicto: la muchacha y la guitarra. Esto, lógica y lamentablemente, no pasó y cuando desperté de mi letargo tuve que contentarme con dejar la guitarra en una mesita ratona pronunciando un diplomático “no voy a tocar”. Años de ejercicio del control de las reacciones le dan al “leche hervida” que les escribe una inhumana serenidad ante semejante situación.
Sobreviví una vez más al asedio de las masas sedientas de rock nacional y canciones de radio. No es mala predisposición. Soy simplemente de los que creen que la música espera y busca momento y espacio justos. Cuando los oídos saben escuchar, la música, sin que nadie la llame, viene. Son instantes únicos, algunos ya vividos y muchos tantos por vivir. Prefiero, por lo pronto, irme al cruce de esos instantes, silbando bajito

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