sábado, 3 de marzo de 2012

Comentario a un libro en embrión


Ricardo:
Excelente el título del libro.[1] Eso te obligaría, a mi juicio, a incluir un poema o letra bajo ese mismo título, de forma tal que dicho título se transforme en el organizador temático del libro.
En general es de respetar en los textos tu sentido paródico, tu humor, tu sarcasmo y, también, tu cinismo.
Es también de elogiar lo que, según creo, es burlarte de la métrica y la rima, y abolir nexos y fracturar el orden de lectura tradicional. No es nueva esta actitud poética (desde Las patas en la fuente ya lo había hecho Lamborghini), pero lo que hacés vos suena como legítimo y además lo incrustás[2] en un género como el tango, que es merecedor tanto del aplauso como del abucheo.
¿Desniveles? Los hay. En vos y en todos los hay. Pero no soy quién para enumerarlos. Yo, es seguro, también tengo los míos.
¿Prescindencias? Bueno, creo que uno pide a gritos salir del libro: “La última cena”.[3]
Destaco una comparación notable, para mí la más sobresaliente del libro: “Esas bombas que caen como manchas”, de ‘Tres tiros, veinte?[4] Y una excelente imagen visual: “cielo deshabitado”, de ‘Algo extraño’.
¿Los mejores textos? Para mí, son tres. “Al arco, Cabarcos”, merecedor de una segunda lectura. Pero dije tres. Y ahí están también “A tus pies” y “Mala sangre”. (Yo les hubiera dado a los tres un capítulo especial.)
Hay, según creo, un extravío por allí. Sucede en “Con ese look que es tan suyo”, donde se dice que “tiene cara de ave”[5] y, siendo así, resulta obvio que tenga “ñapia aguileña”, no lo contrario.
¿Excesos? Sí, dos. Uno, el abuso de citas, 317.[6] […] El segundo, recalar demasiado en las cuartetas[7], lo cual produce monocordia.[8] Supongo que te debés sentir más cómodo en esa forma de bastón.[9] Pero si así fuera, se trata de un facilismo. Y todo facilismo, en poesía, atenta contra la voluntad de forma.


[1] Por entonces el título de la carpeta (no libro) que le presenté a Mandrini era Tangos inauditos. Lo cambié porque no escribo solamente tangos. Se lo presenté a una persona como si lo presentara a un jurado. Bastante después Conejos en la nieve recibiría un premio, reconocería la trayectoria de Mandrini. Pero yo en 2005 ya sabía que él era el rey Midas. Todo lo que tocaba lo convertía en poesía, sin esfuerzo como cantan Gardel y los grandes.
[2] Observen el verbo elegido.
[3] En vez de sacarlo, lo remodelé.
[4] Ahora titulado “Que pase el siguiente”.
[5] Acepté el error y corregí o más bien cambié la estrofa.
[6] Mandrini no se refiere a las citas internas sino a las 317 notas al pie, puestas para explicar a un extranjero las cosas del gueto porteño. Las saqué.
[7] Véase el prólogo de Solare.
[8] Aquí Mandrini se confunde. Está leyendo letras, no poemas. En un poema sí las cuartetas producen aburrimiento. Por eso la poesía actual es en verso libre.
[9] Efectivamente. Hasta que la musicalización introduce matices, me siento cómodo en un tono de milonga provisoria. A veces la musicalización obliga a revolucionar la letra, a trastornarla. Me ocurrió con “Ultratango”.

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